“El voluntariado es por encima de todo un regalo”
Beatriz, profesora de inglés jubilada, recaló por el Bajo
Tormes hace varios años atraída por la experiencia de espiritualidad
carmelitana promovida por el padre Ramón en Villaseco de los Reyes. De las
primeras estancias temporales, que se fueron alargando, dio el paso a dejar
Madrid para residir en Monleras de forma casi permanente. En este entorno rural
encuentra el silencio, la belleza natural y la calidez humana que busca, una
tierra con el tempero para cultivar la espiritualidad y desarrollar su
labor intelectual. Su compromiso como voluntaria, en el programa “Envejecer en
Comunidad” y en el acompañamiento a personas vulnerables, ha sido una forma de
implicarse de lleno en la comunidad rural.
-¿Por qué te decidiste a dar el salto desde Madrid a una de
las comarcas más despobladas de la España interior?
Pues, la verdad, no creo que yo pueda resumirlo mejor que
como se hace en la introducción a esta entrevista. Solo añadir que, si algo he
encontrado en este lugar —que acaso no esperaba–, es un tempero sencillamente
excepcional.
-¿Qué resaltarías de tu experiencia como nueva pobladora en
Monleras?
Todo. Digamos que voy de asombro en asombro, porque lo que ofrece
Monleras es algo que Madrid –y, para el caso, cualquier gran ciudad– no puede
ofrecer de forma tan inmediata y con tanta generosidad. Por tanto, lo que más
resaltaría es que, en apenas año y medio, ya me siento monleriense.
-No solo te has quedado a vivir entre nosotros, como una
vecina más, sino que has asumido un compromiso de voluntariado al servicio de
las pequeñas comunidades rurales ¿Qué te empujó al voluntariado?
Es sabido que la jubilación –especialmente si nos alcanza
sanos y en plenas facultades– es un momento propicio para dedicarle más tiempo
a los demás. En Madrid, ya jubilada, a través del programa Solidarios para
el desarrollo, visitaba semanalmente a Toñi, una ciega que vivía sola no
lejos de mi casa… hasta su fallecimiento. Darle continuidad a esa experiencia
cobraba pleno sentido en el mundo rural, tan necesitado siempre de ayuda; pero,
en primera instancia, era la forma más directa de implicarme en esta comunidad.
-Los talleres de gimnasia que impartes están siendo un
revulsivo que dinamiza la participación comunitaria. ¿Cómo enfocas esta
actividad? ¿Por qué se ha convertido en un espacio tan especial, sobre todo
para el colectivo de mujeres?
Que una requetejubilada imparta gimnasia a una buena
colección de jubilados –y no solo, pues acuden personas más jóvenes– se me
antoja una feliz ironía. Y, sin embargo, funciona. Enfoco la actividad casi
como una ‘quedada’ de amigos para hacer ejercicio juntos. Al cabo, yo solo
animo las sesiones puesto que me beneficio del talento de excelentes monitores
de gimnasia para adultos mayores de tantos lugares del planeta. El ordenador, YouTube
y un altavoz ad hoc hacen el resto. Si se ha convertido en una cita especial
es acaso porque la motivación es altísima, la exigencia no decae y porque a
todos –a las mujeres, en particular– nos gusta sentir que podemos con el
desafío.
-Además, te has volcado en el acompañamiento a personas
mayores que viven solas o apenas salen de casa. ¿Qué tipo de apoyo les prestas?
Acompañar a mi madre hasta su último suspiro (a los 93
años) seguramente me ha equipado para disfrutar de la compañía de los mayores,
con independencia de si están sanos o enfermos, lúcidos o desmemoriados. No hay
dos casos iguales, de ahí que el apoyo varíe. Unas veces es conversación; otras
veces, paseos; y otras, aliviar o compartir durante un rato la carga que puedan
suponer para sus familiares o cuidadores más cercanos. Eso sí, en todos, creo, prevalece
el sentido del humor y la alegría.
-¿Qué te está aportando a ti personalmente el voluntariado?
¿Animarías a otras personas a buscar su espacio de voluntariado?
El voluntariado es por encima de todo un regalo… ¡para el
voluntario! Ponerse a disposición de otros es una continua fuente de
aprendizaje. Y no hay anciana o anciano, por muy dependiente que sea, o
precisamente por eso, que no tenga tanto que enseñarnos: por ejemplo, su
extrema vulnerabilidad y cómo acierta a convivir con ella. Huelga añadir que
animaría a cualquier persona y de cualquier edad a dar gratis lo que recibió
gratis.
-Desde tu visión como alguien que viene de la gran ciudad,
¿consideras que los pueblos tienen futuro como espacios para el cuidado de las
personas, como entornos amigables donde envejecer con dignidad?
El futuro ¿quién puede predecirlo? Pero el presente, que es
lo que cuenta, no puede ser más prometedor. Monleras es un vivo ejemplo de ese
eslogan que reza: los mayores, primero. Llama poderosamente la atención la
sensibilidad social que hay por aquí y cómo, a las duras y a las maduras, todos
velan por todos. Es el catering a domicilio, el centro de día, las
residencias de mayores diseminadas por la zona, las actividades culturales de altísimo
nivel, el fisioterapeuta y la podóloga, y es, por ejemplo, la plaza de la
Libertad donde diariamente, al caer la tarde, se reúnen espontáneamente los mayores
para charlar, desahogarse o ponerse al día. No en vano la llaman jocosamente
Tele5. En este pueblo amenazado por la despoblación no solo se envejece con
dignidad. Se crece con ella. Y si no, que se lo pregunten a los niños que juegan
felices y despreocupados todas las tardes en el corazón de Monleras.



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